La piel, barrera permeable que delimita el mundo interior del exterior, tiene por un lado la función de ser una verdadera coraza protectora y por otro, el principal órgano de recepción de todos los estímulos del exterior por más sutiles y delicados que sean.
La piel, es el órgano más grande del cuerpo humano con 2 metros cuadrados de superficie, 4 kilos de peso y 0.2 milímetros de epidermis que nos protege del calor, del frío, del polvo, bacterias y de todo tipo de agresiones a las que está sometida diariamente.Es en definitiva, un cerebro a flor de piel.
Los dos pilares básicos para los cuidados de la piel son una buena hidratación y una correcta nutrición. Cumpliéndose estos dos requisitos, la piel ejerce correctamente su función principal: la protección. Las frutas, las hojas de color verde intenso y las hortalizas de todo tipo deben ser abundantes en la dieta para la buena salud de la piel, pues son el grupo de alimentos que más agua contienen y que aportan también sales minerales, oligoelementos, enzimas, clorofila y vitaminas esenciales para la salud.
Los lípidos o grasas tienen una especial función en la piel, pues forman parte del manto hidrolipídico que la cubre para que nos proteja de las agresiones externas. A pesar de la mala reputación de las grasas, sin éstas es imposible mantener una piel tersa y brillante.
Por supuesto el aceite de oliva virgen y todas las grasas que son de forma natural líquida a temperatura ambiente, son las más saludables siempre que las tomemos en crudo, es decir, sin freír o calentar. Es importante consumir para la salud de la piel un elevado índice de lípidos poliinsaturados y las semillas de girasol, de calabaza y de ajonjolí, las cuales además contienen una gran cantidad de ácidos grasos esenciales. Se consumen crudas, en ensaladas y bocadillos.

